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miércoles, 19 de enero de 2011

¿Cómo valorar los argumentos?

Recorriendo facebook me topé con una discusión muy interesante entre graduados de filosofía (discusión de alto nivel, de verdad, entre Phd de Oxford, Toronto, etc.), acerca de la manera de valorar los argumentos en el pensamiento crítico. En una parte de la discusión, Pablo Stafforini, afirma:

Courses in "critical thinking" will ruin your capacity to think critically. Such courses teach you to ignore the causal origin of a belief and the epistemic authority of the believer, when in fact these considerations are highly evidentially relevant. Contrary to the teachings of critical thinkers, respect for the truth often requires you to look beyond "the merits of the argument".

¿Se debe valorar exclusivamente el mérito del argumento –su validez, su grado de veracidad, su presentación formal? ¿O es necesario incluir también en la discusión el origen de ese argumento (sus causas, motivos) y la autoridad del que lo enuncia –del que cree en él- como para entender su capacidad de establecer creencias?

A la hora de discutir, una dificultad parece ser lograr un equilibrio entre la valoración objetiva de lo dicho –a ultranza- y su opuesto, lo que sería una suerte de paranoia argumentativa: la aceptación o rechazo de cualquier argumento por el lugar (origen /sujeto) que lo enuncia.

lunes, 26 de octubre de 2009

El divorcio en la argumentación o cómo romper enlaces


En un curso de oratoria que dicté hace unas semanas, ocurrió algo que siempre es bueno que ocurra, después de presentar los diferentes tipos de argumentos que según Perelman podemos utilizar.

La actividad práctica suponía que los participantes discutieran un tema polémico de la actualidad usando y pensando y reconociendo diferentes tipos de argumentos. Después del ejercicio y como una excelente conclusión, Ariel, un participante, hizo el siguiente comentario:

“Entonces, si uno escucha atentamente la forma del argumento, puede darse cuenta de cómo debe contraargumentarlo.”

Exacto. Ahí estaba el punto que yo, a decir verdad, había olvidado mencionar. En una discusión no sólo es importante qué se dice (para discutir) sino la manera en que elegimos presentar y construir ese argumento, porque en esa lógica se esconde la posible refutación.

En concreto, si elijo un argumento causal para discutir sobre la pobreza de los países de Sudamérica, del estilo

“los países sudamericanos son pobres porque sufrieron un proceso de colonización que destruyó toda su riqueza y cultura”,

habrá que buscar un contraargumento que rompa el enlace causal, ya sea porque no se trate de una causa suficiente, o porque aparezcan ejemplos que limiten el alcance de esa afirmación. Por ejemplo:

“Estados Unidos y Canadá también fueron colonias y sin embargo son países ricos, por lo tanto, esa causa no es suficientemente explicativa.”

O si discuto sobre un proyecto de deforestación y formo un argumento pragmático del estilo:

“Es imposible oponerse a la explotación forestal de la selva, si consideramos que la industrialización traerá empleo para los pobladores, más desarrollo económico para todo el pueblo y que reducirá la pobreza estructural que tenemos en la provincia”,

sería adecuado pensar en valores esenciales que se le opongan, o en consecuencias indeseadas de ese mismo pragmatismo (como una exageración de la premisa). Por ejemplo,

“tan importante es poder desarrollarnos y salir de la pobreza hoy en día, como garantizar que las futuras generaciones puedan disfrutar del mismo ambiente natural que disfrutamos hoy. A eso lo llaman hoy “sustentabilidad del negocio”, y esos parámetros, hasta ahora, no parecen haber sido considerados en el proyecto.”

Podríamos hacer una larga lista de ejemplos. De todas maneras, lo significativo es lo que descubrió Ariel: cada argumento tiene una lógica que establece enlaces entre diferentes elementos. Contraargumentar, necesariamente, implica romper esos enlaces y mostrar que hay incompatibilidad de elementos.
Y a todos los participantes del curso: ¡muchas gracias por todos sus comentarios!

jueves, 1 de octubre de 2009

El valor argumentativo de una pregunta (2° parte)

¿Por qué el acto de preguntar es tan significativo en una argumentación? A diferencia de las afirmaciones, las interrogaciones tienen la virtud de ser puertas que en una discusión podemos abrir, hacer girar violentamente o cerrar de un portazo.

Marafiotti en su libro Recorridos semiológicos distingue cinco tipos de preguntas: las retóricas, la pregunta trampa, la pregunta controversia, la contra pregunta y la pregunta de estilo.

Me pareció muy útil reproducir las mini definiciones que plantea el autor y brindar ejemplos que busqué en los diarios locales. El debate sobre la ley de medios audiovisuales en la Argentina me pareció un material muy rico por la profusión de posturas y de intervenciones que se registra en todos los medios de comunicación desde hace unos meses. Aquí vamos.

Preguntas retóricas

Dice Marafiotti: “Las preguntas retóricas inducen una respuesta, son una provocación para hacer que el interlocutor diga algunas cosas. Las respuestas están contenidas en las preguntas.”

Ejemplo:

¿Acaso en la Argentina alguien duda de que los medios audiovisuales están en manos monopólicas y de que la democracia se fortalecerá si estos monopolios son desarmados?

Como vemos, la respuesta a esta pregunta está contenida en su formulación. Es una afirmación rotunda, a menos que se desee establecer una postura que no tome los valores admitidos de democracia, libertad de prensa, acceso a la información, etc.

La pregunta trampa

Aquí Marafiotti señala: “La trampa más simple se refiere al enunciado de una pregunta que el interlocutor no puede responder”

Ejemplo:

Si lo que se busca es hacer transparente el mecanismo de acceso a los medios, ¿por qué las audiencias públicas solo se establecen para renovar licencias y no para adjudicarlas?

La pregunta, evidentemente, pone al interlocutor en una zona difícil argumentativamente, porque muestra una grieta en el proyecto o en los valores que dicen sostenerlo.

La pregunta controversia

Dice Marafiotti de las preguntas controversia: “Obligan al interlocutor a reaccionar violentamente. Son las preguntas que llevan tensión y conflicto. A diferencia de las preguntas trampa que pretenden dejar sin voz al interlocutor, estas desencadenan su vehemencia, poniéndolo a veces en descubierto”

Ejemplo:

¿Cómo un país que pudo juzgar a las juntas militares, una experiencia casi inédita en el mundo, y cambió su Constitución, no pudo darse una nueva ley de medios?

Esta pregunta tiene la potencia de abrir la polémica a un nuevo contexto, el histórico. Obliga al interlocutor y al auditorio a revisar toda la cronología y a pensar en explicaciones al respecto, dotando de nuevo sentido al conflicto.

La contrapregunta

Para Marafiotti: “Es una pregunta que responde a otra pregunta, sirve para esquivar. Permite diferir una respuesta argumentada. Es signo de una prudencia táctica.”

Periodista: -¿Por qué se limita en el Congreso la posibilidad de discutir el proyecto?
Funcionario: -¿80 foros realizados en todo el país a lo largo de dos años no es libertad para discutir el proyecto?
Periodista: -Yo no voté el foro Mapuche
.

Este diálogo, llevado adelante por un periodista y un funcionario del gobierno, muestra una estrategia muy usual en la polémica, pero poco fructífera argumentativamente: ninguna intervención responde con argumentos. Lo que hace es contraargumentar, inaugurar un tema nuevo que parece decirnos algo sobre la cuestión pero que en realidad establece desde el inicio el desacuerdo.

Las preguntas de estilo

De las preguntas de estilo Marafiotti señala: “Encuentran su refugio en los recursos vinculados a los valores. Dan cuenta de su función al aparecer al final de una exposición. Sirven de cierre, de frase conclusiva. Estas preguntas pertenecen al viejo arsenal de los recursos retóricos. Interrogan en nombre de una conciencia universal para juzgar y sancionar un hecho o idea.”

Es muy frecuente el uso de estas preguntas en los finales de programas periodísticos o editoriales de diarios, y tienden a mostrar una fuerte marca ideológica. Así, en relación con este tema, de un bando podríamos escuchar a un periodista decir al final de su programa:

¿no estaremos firmando con esta ley el acta de defunción de los medios de comunicación?

y a otro, del bando opuesto,

¿no será que en el fondo la libertad de prensa que reclaman algunos grupos mediáticos no es otra cosa que una ansiada libertad de negocios, para que sean cada vez más y más redituables?

viernes, 11 de septiembre de 2009

El valor argumentativo de una pregunta


Preguntar, responder. ¿Será verdad que todas las preguntas que hacemos esperan una respuesta? O mejor dicho, ¿será verdad que toda pregunta supone que el hablante carece de una información y espera que su interlocutor complete ese vacío?

La experiencia cotidiana nos dice inmediatamente que no, que la oposición no saber/saber no siempre está en el fondo de un intercambio de preguntas y respuestas.
A veces preguntamos y ya sabemos la respuesta (¿de qué color es esta pared que vemos acá?), a veces preguntamos para que el otro admita la verdad de la afirmación que implica nuestra pregunta (¿no te parece que es importante ser puntual?), a veces preguntamos para que el otro quede encerrado en nuestro interrogatorio (¿dónde estabas ayer a la noche? En tu casa, no).

Algo semejante hacemos cuando introducimos preguntas en nuestra argumentación.

El caso más conocido es el de la pregunta retórica. Quien dirige la argumentación hace una pregunta, pero no espera en realidad una respuesta de su auditorio.

Por ejemplo:

Hoy en día debatimos si nuestra sociedad necesita una nueva ley de radiodifusión. ¿Pero cuál es el alcance que debe tener una ley de este tipo? Una ley, sin duda, tiene que cubrir muchos aspectos, a saber…...

Como vemos, se trata de una pregunta que no pregunta nada, que aparece para condiciona al interlocutor a seguir un mecanismo en el razonamiento, a aceptar cierta fluidez discursiva. Pero no es inocua, tiene la fuerza de un argumento, pues obliga al auditorio a asumir como verdadero lo que propone: en este caso, la necesidad de discutir el alcance de la ley.

Leyendo el libro Recorridos semiológicos, encontré una interesante clasificación de las preguntas, según su función argumentativa. Marafioti, el autor del artículo, diferencia entre:


1. las preguntas retóricas,

2. la pregunta trampa,

3. la pregunta de controversia,

4. la contrapregunta y

5. la pregunta de estilo.


Dice:

"Estas preguntas juegan un rol doble en la argumentación. Por un lado, pueden poner en dificultad al interlocutor, es el caso de la pregunta-trampa o la pregunta de controversia; por otra parte, pueden contribuir a hacer descubrir una opinión o un hecho que son sugestivos. En este último caso, constituyen una vía argumentativa sesgada: el interlocutor es “conducido”, respondiendo a un encadenamiento de preguntas preparadas, hacia un cierto tipo de respuestas."

Recorridos semiológicos. Signos, enunciación y argumentación

Marafioti (compilador),

Eudeba, Buenos Aires, 2004

miércoles, 10 de junio de 2009

El poder de la metáfora



Hace poco estuve releyendo “Metáforas en uso” un libro que reúne artículos de investigadores de la UBA en torno a la función de la metáfora en distintos discursos sociales. Es un libro muy interesante. Analiza el tema desde las teorías clásicas de la argumentación y a la vez presenta casos de investigación de campo.

En el artículo que abre el libro, La perspectiva retórica, Mariana di Stefano explica varios autores y arranca por Aristóteles. Dice:
“Para Aristóteles, las metáforas facilitan la persuasión a partir de un doble efecto: por un lado la impresión de que el discurso es natural, porque todos hablan con metáforas, y lo natural es verosímil; y por otro, el asombro, dado que el discurso resulta ingenioso.

Para que resulte, es necesario que la metáfora sea apropiada, o sea que se comprenda rápidamente, cosa que no logran ni las metáforas oscuras (porque son incomprensibles), ni las banales (porque son demasiado obvias)”

Tal como señalan los lingüistas, nuestro lenguaje cotidiano está lleno de metáforas: futboleras: (“me quedé en offside”, “esto es un golazo”, “hay que ponerse la camiseta”) médicas (“esto es cirugía mayor”) o de la robótica (“ponete media pila”), entre otras. También los refranes populares, por supuesto, generan sentido metafóricamente (“el diablo sabe por diablo pero más sabe por viejo” o “camarón que se duerme se lo lleva la corriente”).

Entonces, si producimos y usamos lenguaje metafórico, ¿por qué no incorporarlo a las presentaciones o discursos que elaboramos? Puede ser un ejercicio difícil pero a la vez muy productivo. Como señala Aristóteles, cuando lo verosímil se asocia con lo ingenioso el resultado es totalmente convincente.




Metáforas en uso
Mariana di Stefano (coordinadora)
Editorial Biblos, Buenos Aires, 2006

lunes, 4 de mayo de 2009

Convencer y persuadir, o cómo distinguir auditorios



Siempre que nos admiramos del efecto que una buena argumentación tiene sobre una audiencia, creo que nos estamos preguntando indirectamente cómo podríamos lograrlo con nuestros propios discursos. Al releer el capítulo Persuadir y convencer (Tratado de la nueva argumentación, de Perelman y Olbrechts-Tyteca) encontré que había algunas herramientas que podían ayudarnos.

Los autores retoman una distinción conceptual que arranca en la época clásica de la oratoria y continúa hoy en día: la distinción entre persuadir y convencer; la primera, más ligada a la acción, y la segunda, a la convicción.

Para quien se preocupa más por el resultado, persuadir es más que convencer (porque la convicción es el primer paso antes de la acción); para quien está preocupado por el carácter racional de la convicción, convencer es más que persuadir.

En este sentido, hay ciertas argumentaciones que apuntan directamente a un efecto persuasivo (la argumentación de la publicidad, la argumentación política): ellas buscan que la audiencia haga algo en concreto (como es evidente en la imagen que publicamos).

Pero hay otras, como por ejemplo la argumentación de la jurisprudencia, que apelan a la inteligencia de su auditorio y al carácter racional o lógico de las “verdades” que enuncian.

En la realidad, los límites entre persuadir y convencer son sutiles e imprecisos, señalan Perelman y Olbrechts-Tyteca. Ellos, por su parte, proponen un enfoque particular sobre esta oposición basada en el tipo de auditorio a quien el orador se dirige. Inicialmente establecen dos auditorios: el universal y el particular.

Al auditorio universal (conformado por la humanidad) “los argumentos que se le presentan no constituyen ningún llamado a la acción”, buscan establecer (o retoman) principios o verdades intemporales. Pero por el contrario, a los auditorios particulares (conformado por un grupo o persona concreta, con intereses y emociones precisos) se les proponen argumentaciones cercanas a la acción.

Lo que me parece muy interesante es que al armar una argumentación podemos tratar a nuestro auditorio particular (digamos un equipo de trabajo en una empresa) en un momento de la argumentación como si fuera universal, para reforzar el carácter racional de la adhesión.

O podemos hacerlo a la inversa, el auditorio universal (el pueblo de una nación, por ejemplo) puede convertirse en una persona concreta que queremos que actúe de inmediato. Y de hecho, ¡esto lo hacemos habitualmente!

Creo que ser conscientes de que podemos dirigirnos a nuestro auditorio real desde distintos lugares (podemos considerarlo de manera diferente a lo largo de nuestra argumentación) nos permite elegir argumentos más oportunos. Es, sin duda, una herramienta que nos vuelve más efectivos.

lunes, 26 de enero de 2009

¿Quién gana las discusiones?


Hace poco me encontré con el libro Cómo ganar discusiones, de Pablo da Silveira, que analiza la forma en que discutimos desde la perspectiva de la teoría de la argumentación. Esta teoría se interesa por la construcción de buenos razonamientos y por la forma en que impactan en el auditorio. El libro es excelente y brinda ejemplos concretos de cada caso lógico que analiza.

Me interesó la claridad con que plantea la cuestión desde la introducción. Dice así:

"Ganar una discusión no es lo mismo que tener razón ni perderla es sinónimo de estar equivocado. Con mucha frecuencia, el que consigue imponerse en un debate es simplemente el más habilidoso, el más experimentado o el que tiene una personalidad más avasallante (….) De todas maneras, debatir es el mejor método del que disponemos para aclararnos las ideas y para descubrir nuestros propios errores. Es además, una manera de incorporar puntos de vista diferentes, de considerar posibilidades que no se nos habían ocurrido, de beneficiarnos de lo que aprendieron otros.

Argumentar es una de las actividades típicas de lo que solemos denominar una sociedad democrática. Se argumenta en la política (…), en los negocios (…), entre empleados y patrones (…), se argumenta cuando se hace publicidad. (…)Sólo en una sociedad donde se aplica la ley del más fuerte no hay necesidad de argumentar o al menos todo se reduce a un único y repetido argumento que consiste en decir: Esto se hace así porque lo digo yo, y yo estoy en condiciones de imponer mi voluntad."

Aprender a desarrollar argumentos con una sólida base lógica y con un fuerte impacto en el interlocutor se convierte casi en un imperativo si lo que queremos es formar líneas de opinión certeras y tomar decisiones con buenas perspectivas de éxito.


Cómo ganar discusiones (o al menos cómo evitar perderlas)
Pablo da Silveira
Taurus, Buenos Aires, 2004